Una bola de papel recorrió casi
la totalidad de la sala de clases hasta arribar en el rostro de Beto, las
carcajadas nacieron espontáneamente y, así mismo, se acallaron cuando el
profesor de química ingresó al salón.
Una jovencita de cabellos rojos,
su rostro, adornado de pecas claras, resaltaban sus ojos verdes. Su boca
realizaba una mueca de inseguridad, al igual que si mirada hacia abajo, y su
postura tensa y distante. Varios suspiros despertaron cuando ella levantó su
cara y forzó una sonrisa.
—Ella es Samanta Grossi, una
nueva estudiante que viene de la preparatoria Westling en mención de música. Por
temas de trabajo de su padre, se trasladará a nuestro colegio, por favor, sean
amables con ella. ¿Algo que decir, Samanta?
—Hola a todos —su mano, media
alzada para saludar, se movió en semicírculo—, pueden decirme Sam… y, emmmmm…
toco la flauta traversa. Espero de verdad que podamos llevarnos bien.
Una gentil sonrisa, muy diferente
a la forzada que emitió hace un rato, despertó nuevamente el interés de varios hombres
del salón.
—Siéntate donde quieras, se te
asignará tu puesto definitivo mañana.
—¿Profesor? —Beto se levantó de
su puesto.
—Dime, Roberto.
—¿A qué musa se encomendará Sam?
—Lo definiremos esta tarde.
El rostro de extrañeza de Samanta
evidenciaba su desconcierto, no alcanzó a preguntar cuando el profesor Thomas
empezó la explicación.
—Este colegio tiene algunos
secretos, Sam. Nadie llega por nada aquí, de hecho, no aceptamos a todo el
mundo. Debes cumplir con condiciones especiales. Tu incorporación estaba ya
contemplada, por lo que se te encomienda a una de las nueve musas para que te
guíe y te enseñe.
Samanta miraba todo con algo de
temor.
—Sam, en este colegio, son las
propias musas, la fuente de la inspiración de los artistas del mundo, quienes
imparten algunas clases.
Una sonrisa de profunda
convicción se dibujó en los labios de Samanta y, mirando al profesor, dijo casi
susurrando.
— ¿Te he de encontrar aquí, Euterpe?
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