martes, 1 de noviembre de 2016

Origen III · Inspiración


Una bola de papel recorrió casi la totalidad de la sala de clases hasta arribar en el rostro de Beto, las carcajadas nacieron espontáneamente y, así mismo, se acallaron cuando el profesor de química ingresó al salón.

—Siéntense, muchachos, que traigo buenas noticias, al menos para los hombres del curso —la risa nuevamente regresó—. Adelante.

Una jovencita de cabellos rojos, su rostro, adornado de pecas claras, resaltaban sus ojos verdes. Su boca realizaba una mueca de inseguridad, al igual que si mirada hacia abajo, y su postura tensa y distante. Varios suspiros despertaron cuando ella levantó su cara y forzó una sonrisa.

—Ella es Samanta Grossi, una nueva estudiante que viene de la preparatoria Westling en mención de música. Por temas de trabajo de su padre, se trasladará a nuestro colegio, por favor, sean amables con ella. ¿Algo que decir, Samanta?

—Hola a todos —su mano, media alzada para saludar, se movió en semicírculo—, pueden decirme Sam… y, emmmmm… toco la flauta traversa. Espero de verdad que podamos llevarnos bien.

Una gentil sonrisa, muy diferente a la forzada que emitió hace un rato, despertó nuevamente el interés de varios hombres del salón.

—Siéntate donde quieras, se te asignará tu puesto definitivo mañana.

—¿Profesor? —Beto se levantó de su puesto.

—Dime, Roberto.

—¿A qué musa se encomendará Sam?

—Lo definiremos esta tarde.

El rostro de extrañeza de Samanta evidenciaba su desconcierto, no alcanzó a preguntar cuando el profesor Thomas empezó la explicación.

—Este colegio tiene algunos secretos, Sam. Nadie llega por nada aquí, de hecho, no aceptamos a todo el mundo. Debes cumplir con condiciones especiales. Tu incorporación estaba ya contemplada, por lo que se te encomienda a una de las nueve musas para que te guíe y te enseñe.

Samanta miraba todo con algo de temor.

—Sam, en este colegio, son las propias musas, la fuente de la inspiración de los artistas del mundo, quienes imparten algunas clases.

Una sonrisa de profunda convicción se dibujó en los labios de Samanta y, mirando al profesor, dijo casi susurrando.


— ¿Te he de encontrar aquí, Euterpe?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario